Felicidad ¿Depresiva?
Hoy se cumple un mes del accidente que ha transformado mi
vida, y del que hice una reseña en mi primera
publicación en este blog. No quiero abundar en ello, pero si ponerlo de
contexto para la lectura de lo que hoy comparto aquí.
Hace menos de una semana, el novio de mi hija, un joven
ingeniero de 26 años, me preguntó con rostro apesadumbrado, al referirse al
caso de un amigo suyo que la está padeciendo: ¿por qué hay tanta depresión
entre los jóvenes ahora? Él mismo acababa de salir de una crisis nerviosa y su
interrogante era más que una simple curiosidad. Tenía algo que ver con una
experiencia vivencial muy cercana a él.
Y tenía mucha razón para estar intrigado y, a la vez,
angustiado. Según la Organización Mundial de la Salud en 2017, “las últimas
estimaciones dicen que más de 300 millones de personas (en el mundo) viven con
depresión, un incremento de más de 18% entre 2005 y 2015 (...) En las Américas,
cerca de 50 millones de personas vivían con depresión en 2015, alrededor de un
5% de la población”.
De acuerdo con el INEGI en 2015, de los niños y adolescentes
de entre 7 y 14 años en los hogares mexicanos, 24.41% vivían “nerviosos y
preocupados” (síntomas en el estudio, de depresión), lo que se traduce en 4.48
millones de jovencitos. Y en el grupo de edad que va de 15 a 29 años la
situación es aún más grave, pues 15 millones de adolescentes y jóvenes decían
vivir con la sensación de nerviosismo y preocupación, lo que representa un
48.15% de la población juvenil.
Sin duda son datos alarmantes en una sociedad que presume de
haber incrementado el nivel de vida y bienestar de su población. Por lo que,
retomando el cuestionamiento inicial de Rodrigo, ¿a qué se debe?
Ciertamente es resultado de muchos factores, tanto sociales
como psicológicos y aún fisiológicos, pero me atrevo a señalar como un común
denominador en la mayoría de los casos, algo que ya nos había advertido Víctor
Frankl, el afamado psiquiatra austriaco y creador de la logoterapia, en su
libro “El Hombre en Busca de Sentido”, hace 72 años: existe una carencia de
sentido en la vida que vacía el interior de las personas y las lleva a
experimentar un “sinsentido” que deriva, tarde o temprano, en depresión y en
rendición ante las circunstancias de la vida.
Es también un hecho comprobado por la ciencia que este
sinsentido tiene características distintas en las diversas generaciones, pero
que se ha visto incentivado en las últimas décadas debido a lo que se conoce en
Psicología Positiva como “la rueda de molino hedonista”. Nuestra sociedad
consumista y materialista, (y quienes están detrás de ella con sus intereses de
dominio y control social y económico) nos vende la falsa idea de que la
felicidad que anhelamos en nuestro corazón es producto del éxito en la vida.
Cuantos más logros y éxitos tiene una persona -sobre todo en términos
financieros- más feliz será pues tendrá mayor acceso a los bienes de consumo a
los que “todos aspiramos”. La casa más grande, los mejores autos, los viajes
interminables, los mejores vestidos, la tecnología más vanguardista, las
fiestas sin fin, las universidades más "cool", el puesto mejor
pagado, etc., todo ellos nos permitirá, algún día no muy lejano, ser finalmente felices.
Pero esa rueda de molino hedonista convierte nuestros logros
en una condena. En realidad cuando aspiramos a adquirir un nuevo producto, -el
celular o la televisión de última generación- como premio a nuestro esfuerzo, a
lo mucho que trabajamos y que, por ende, nos merecemos, resulta que esa adquisición
la disfrutamos y presumimos por unos cuantos días o, incluso, hasta horas. ¿No
es paradójico? Lo que tanto estuvimos soñando en poseer, al momento que lo
tenemos en nuestro poder, termina por perder su encanto en muy poco tiempo… y empezamos
a pensar en el nuevo modelo que está por salir y que tiene más ventajas que
éste (y que en la mayoría de los casos, todavía estamos pagando a crédito).
Eventos programados y multi-promocionados como “el Buen Fin” son una clara
muestra de esta ansia por comprar que enloquece a la gente y termina por
dejarlos endeudados y frustrados con lo que adquieren y ni siquiera logran
disfrutar a largo plazo.
Esa corta sensación de placer y satisfacción que
experimentamos al llegar a la meta que nos habíamos trazado, sea del tipo que
sea, académica, profesional, comercial, familiar, etc., nos vuelve a dejar -muy
pronto- con deseos de más… con hambre... vacíos. Pero esto nos sucede cuando, precisamente,
la felicidad es vista como consecuencia de los logros, de los éxitos. Cuando la
felicidad es algo que “llegará a nosotros desde algún lugar, en algún momento,
situado fuera de nosotros”.
Primero hay que triunfar y después gozar las mieles de la
victoria; primero hay que sufrir aquí en la Tierra para llegar al Cielo. La
felicidad siempre está un paso más adelante de nosotros. Se nos esquiva porque
es externa, como nos lo hace evidente John Powell en su fabuloso libro “La
Felicidad es una Tarea Interior”.
Así pues, nos vemos inmersos en una cultura del tener, del
poseer más que del ser, como muchísimos investigadores desde muy diversas
aproximaciones científicas y filosóficas lo atestiguan. Esta cultura de la
apariencia y de la exterioridad nos encamina paulatinamente a un callejón sin
salida; a la inanición del espíritu, que nos hace lucir felices en nuestras
publicaciones en las redes sociales, pero vacíos y deprimidos en la intimidad
de nuestros hogares.
¿Y entonces qué? ¿Hay alguna esperanza? ¿Existe alguna la
solución a este problema? A mi parecer, la vía para conseguirlo es un asunto de
interioridad, de caminar hacia el amor a sí mismo y el descubrimiento de un
propósito en la vida. De descubrir que construir una buena integración de mi
pensar y mi sentir, de mi querer y mi actuar, me hará sentir feliz, y de ello,
surgirá la realización plena de mis potencialidades, y el verdadero éxito será
una simple consecuencia. Algo de lo que seguiremos hablando en artículos
posteriores. Por ahora, gracias por leerme.


Comentarios
Publicar un comentario
Agradezco que pases por aquí y dejes algún comentario.